Autor
Mosa
Cuerpo

En mis épocas de buen mozo y paladín de la aventura, descubrí un rinconcito coqueto en el estado de Puebla: Nuevo Necaxa. En realidad ya lo conocía, acudía frecuentemente al hogar de mi progenitor. Supongo que allá procrearon a éste muñeco de pastel, no sé si por amor, calentura o por las recochinas costumbres de traer gente a éste mundo. Mi hipótesis: la concepción de Mosa se realizó en Nuevo Necaxa en las postrimerías de la década de los 60

Mi cara vivía la etapa de acné, barros y espinillas; al volver a Nuevo Necaxa donde se ubicó la primera hidroeléctrica que surtiera de energía a la capital; primero a petición del hombre que sin cartas conquistó a mi negra linda, para convertirse en el coautor de mi vida y después por satisfacer mis necesidades de entretenimiento.

Durante la temporada de vacaciones escolares, se me encontraba en aquellos lugares con una pila de amigos convidados por mi orgullo y falso don de anfitrión, no olvidemos que la casa no era mía.
Nos hacíamos a la carretera México Tuxpan, con mochila en la espalda al abordaje de los autobuses ABC estacionados en el andén 5, de la sala 6, del párrafo 2ª, versículo 3.33 –así, me parece que anuncian las salidas en la central de autobuses del norte- y cual mascotas de azotea con la cabeza asomada para ver la película del viaje, que desfilaba a más de 24 cuadros por segundo: cerros, piedras. Caminos, Tulancingo, casetas, verde, más verde, Edo. De Puebla; Huachinango, carretera abajo, riachuelo, la presa y Nuevo Necaxa, de ahí para adentro.

En ese viaje cuatro entrañables amigos: Toño, todo lleno de vida; Normita la novia que Toño llenaba…de besos; Erika, mi cacho, lo que inventa el amor; “El Memo”, Guillermo el hermano de barrio; familia que llega así nada más sin papeles ni apellidos, empatía total; hicimos la vida menos dura en esas calles donde todo falta. Los viajes con “él Memo” un placer, y compartirlos con él mejor. Justa la reciprocidad él me convidó de su ciudad,.

Nuestra bitácora de viajes registraba más de cinco; en éste, el agrado de invitarlos a conocer Necaxa crecía hasta salirse en sonrisas. Tenango de las flores y su presa, donde se filmaron escenas de la película Tizoc, filme protagonizado por Pedro Infante y María Félix; de hecho allí está la casita y el árbol donde Tizoc guardaba sus comestibles.

Día soleado a la orilla de la presa verdosa, profunda y silenciosa. Rentamos una lancha cargada de aguas frescas de cebada. La embarcación zarpó con su gente feliz por cruzar las aguas del océano tenanguero y encontrarse alguna ltilapias o charal flaco a nuestro paso.

Cuando mal remábamos, a mitad de la voluminosa cantidad de agua surgió la pregunta inexacta ¿Saben nadar? La contestación se dispersó en el silencio: ¡medio, medio!, Llegamos a la orilla de enfrente y cada quien se entretuvo con lo que más le interesó. las parejitas se cuidaban entre sí y el destapador hacia volar corcholatas "de la sol" por las tablas remojadas de la embarcación y ¡salud!

A pesar del jolgorio recordé una sentencia popular que repetía mi "mamá grande" cuando se visitaba un cuerpo de agua desconocido: "el agua siempre pide dos vidas como ofrenda", es decir, dos muertitos para su cena.
El tiempo transcurrió, la convivencia hizo olvidarme de frases y penas espanta tontos. Sin embargo llegó un momento increíble que tengo muy presente: se hizo reunión urgente en la popa de la lancha: Toño, Norma, Erika y su servidor para observar el reloj de pulso del primero, al que le entró agua en su maquinaria y las manecillas se habían enrollado como cairel de cabellera antillana. Los cuatro seudo marineros de agua dulce ocuparon su atención en el dichoso reloj –situación extraña- de pronto reparé en el quinto elemento de abordo.

Antes de que hiciera agua el reloj del compañero, “Memo”, jugueteaba en el agua rebotada; se sumergía y pasaba de un lado a otro, salía con sonrisa acuosa; con sus ojos rojos y el pelo relamido se asomaba con orgullo por ser el nuevo tritón.

Dejamos el asunto del reloj y voltee para buscar a Memo, mi vista no lo encontró había desaparecido. Metros adelante de la punta de la lancha, se observaban dos manos retorcidas que emergían del agua, trataban de asirse al aire. Salté para alcanzar a mi amigo, lo ví bajo el agua turbia, rostro y mirada descompuesta, pensé lo peor. Al sentir mi cuerpo él se aferró al mío, ¡ahí estaban exactamente las dos almas que el agua pedía como ofrenda!

Pataleamos para alcanzar orilla y nada, los gritos logrados se apagaban bajo el agua. Uno de los esfuerzos dio resultado: ¡Toño Toño! grité con terror y solo escuché el golpe de agua contra un cuerpo. Toño se zambulló con ojos cerrados, usaba lentes de contacto y corría el riesgo de perderlos, a tientas abrazó a Memo, lo condujo a la orilla para recostarlo y ayudarle a expulsar el agua tragada.
La aventura terminó, hubiera sido peor. Mi padre le sugirió a nuestro rescatado amigo, que debería ir a la presa a varear sus aguas; llevarle una cerveza y un cigarro para que su alma no fuera arrastrada o de lo contrario, enflacaría hasta morir. 
Regresamos a la ciudad con nuestras caras largas y todavía con el miedo en las tripas, Toño se adelantó al estribo del autobús para despedirse de “Memo” y sus miradas se encontraron, tímidamente sonrieron y escuché la despedida ¡Adiós Memo, me debes una vida!

 

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