Cuquita
Cuerpo

Escuchar cada mañana la alarma del despertador, levantarte, estirarte y darte un buen baño para empezar la jornada de trabajo, no es fácil.

Salir a prisa para subir a uno de los tantos  camiones que me dejaran en mi hermoso y feliz trabajo, corre corre tengo que llegar, entro derrapando con mi suela del zapato, respiro y digo por  fin llegue a mi segunda hogar.

Voy a cambiarme y ahora me convierto en un ángel artesanal, claro un querubín, pues mi ropa es toda blanca y mis manos tiene la virtud de darle forma a un pedazo de maza convirtiéndola es una artesanía comestible llena de azúcar, relleno o simplemente un deliciosos sabor.

Cuando haces lo que te gusta, tu trabajo lo es todo y disfruto día a día poder crear una pieza única para el paladar. Hay veces que mis pies se hinchan, me duele la espalda, mis manos se cuartean, mi cara y cuerpo terminan empanizados por ese delicado y luminoso  color blanco de  harina.

La carga de trabajo es dura, un cansancio incomparable, un sudar arduo pero una satisfacción única. Muchas veces todo eso pesado se convierte en algo agradable, pues no cambiaría por nada el ambiente de mi trabajo, el escuchar que por ratos esa panadería se convierte en una granja o en un momento de risa y porque no también de silencio total porque estamos concentrados haciendo pan, que hermosa  familia somos con diferentes integrantes y sobre nombres, como el moreno, el aplastado, moy, puchis chato, la viejita, winnie phoo y el octágon personalidades distintas  pero siempre trabajando por el mismo fin.

 Todo eso es un placer sentir cuando vemos que nuestra creación tiene  un valor y sin pensarlo lo adquieren, pero lo mejor de esto es el saber le dará satisfacción a la gente cuando lo prueba.

Amo mi oficio y sin duda se lo enseñaría a mis hijos, porque mi pasión es ser  un panadero.

Quién lo diría, todo el sabor de una historia al morder un pan hecho con el corazón.