Mosa
Cuerpo

 

 

Sábado por la mañana día  con  baja intensidad laboral,  bueno en esto de los quehaceres de la radio, todo está más tranquilo;  pantalones cortos,  sudaderas guangas del resorte y los tenis más viejos que Fidel Velázquez,   es la indumentaria de fin de semana para dejar circular libremente el torrente sanguíneo atascado de grasa, además amanece uno con un olfato de perro de azotea buscando la barbacoa, pancita o las deliciosas migas.  Así es el sábado en la capirucha .

Aquel sábado se me citó a una junta de trabajo  allá por las calles de Horacio en la pomadosa Polanco; no recuerdo el objetivo de la reunión pero lo que si estaba seguro, es que estaba garantizado por lo menos un par de tacos de carnitas en el   “Puerquito de oro” famoso lugar con su caso hirviendo  en la puerta, piso mantecoso y gordo de hebilla escondida,  despachando ¡como debe ser!.

Puntual a   la cita el jefazo  se encontraba como diputado en curul,  sentadote en una camionetota de señora judía con diez escuincles. Ahí estaba taciturno, creo que hasta desvelado; con un movimiento discreto apretó el botón correspondiente en el equipo de la puerta y al momento el botón de seguridad saltó, señal de que yo estaba autorizado a subir al olimpo y dejar de rozarme con la chusma, claro por un rato nada más.

El protocolo de siempre: ¡buenos días, cómo está tu mamá! y no pude ver a la tuya anoche; traes una cara de mujer de Sullivan que no puedes; así con ésta decencia y amabilidad transcurrieron nuestro primeros minutos. 

El jefe “Pluma blanca” decide bajar de su poderosa unidad a revisar algún fierro del mueble que al parecer andaba estrenando,  le da una revisada a la parte de atrás de la nave, se convence que todo está bien,  acto seguido se dirige al frente por la parrilla donde se dejaba leer  el emblema: BMW; conclusión: todo bien.

Al incorporarse,  a un lado ya se encontraba un hombre delgado con el cuerpo medio encorvado y una cara afilada, aproximadamente de unos 30 años. Con el semblante preocupado y el ceño fruncido,  da un paso adelante para quedar cara a cara con mi jefe. Toda la escena la contemplaba desde el interior de la camiona, en mi asiento de piel y en primera fila;  los dos personajes se encontraban frente a la troka;  el matarili liri ron  había comenzado, el fulano daba dos pasos adelante y mi sacrosanto se los regresaba, una y una, hasta que el muchachón comienzó a perseguir a mi chulo jefazo alrededor de la camioneta.

La primera vuelta despacio;  adelante mi jefe,  a dos pasos el visitante matutino lo perseguía y ya se completaba la primera vuelta, los recibí con el rabillo de mi ojo derecho; daba comienzo la segunda vuelta y mi cabeza comenzaba a girar  viendo la caminata mañanera.  Me dio un poco de risa, el verlos corriendo como jugando a “la roña” pensé que se conocían.  Escuchaba voces pero no alcanzaba a distinguir el mensaje por el grueso vidrio de la súper camiona,  y yo adentro.

Vuelta y vuelta,  al pasar cerca de mi ventana el jefe  ¡si mi jefe! abría su boca más de lo normal y me señalaba el botón de seguridad de la puerta, no entendía nada de lo que él me trataba de comunicar y juro que jamás intenté vengarme, ni le quise jugar al Mario Bezares dejando al pobre cristiano  perseguido por un desconocido en la colonia ricarda del billete gordo: Polanco.

Comencé a buscar entre tanto botoncito de la camioneta,  el que me permitiera bajar el vidrio para escuchar la voz de mi agitado  jefecito y ¡lo logré!  Abrí el condenado vidrio e inmediatamente  entró la voz entrecortada por el resuello del patroncito: ¡Ábreme pendejo, que no ves que me está correteando éste guey! Mi cabeza dio vueltas, bajo como todo un judicial de Iztapalapa y someto al presunto o no expongo y  mis amarillentos dientes. Decidí lo segundo.

Encontré por fin el botón que abría la puerta de la lujosa unidad  y entró el fugitivo abriendo tamaños ojotes y preguntando a boca jarro ¿Por qué no me abrías cabrón?  -pues pensaba que lo conocías, pensé que estarían  jugando y luego no entendía lo que me decías,  para acabarla no conozco los artilugios de esta chulada.

¿Lo conoces?  Me preguntó el hombre que me hizo un casting hace años para entrar a la radio -¡no! ¿Qué querrá éste cabrón?  ¡Abre tu ventanilla! Voltee a la derecha y ahí estaba su cara agitada, solo separada por el vidrio, ese vidrio que deseaba tuviera unos diez centímetros de grosor; apreté el botoncito  indicado, ya me había especializado en el equipo de la camioneta, pero bajó de un jalón y ni como detener el vidrio. Ahí estaba el del rostro lastimero a un ladito de mí;  trate de hundirme en el sillón para evitar  un mandarriazo.

Comenzó a platicar desde su posición y su discurso cruzaba hasta el lugar del chofer: ¿tú eres el…?

¡Verdad que tú eres! ¡Ayúdame por favor! “tengo a mi padre enfermo y no tengo para las medicinas, somos una familia muy humilde. Mi madre murió hace poco y ahora mi padre está en cama; vivo en el estado de México por la carretera a Puebla, llegué aquí desde las seis de la mañana para esperarte. Ayúdame mi padre se me va a morir”.

No me pude contener y comenzó a llover en mi cara, nudos en mi garganta y unos suspiros que podían aspirar hasta las colillas de cigarros arrojadas en las banquetas.

Mi jefazo amagó con sacar algo de su bolsa trasera… y efectivamente lo que tanto esperaba nuestro “amigo”,  se asomó la cartera gordita y en un movimiento rápido de dedos  salieron dos Zaragozas colores sepia: ¡Toma con esto compra medicinas y el lunes nos platicas la bronca! Las manos se encontraron frente a mi cara llorosa y nariz mocosa…mi jefe chulo y sensible  se dirigió a un servidor y me dijo:   “ya no llores cabrón, tranquilízate…no mames viste la pinche corretiza que me dio… ”