Autor
David
Cuerpo

Cada vez que me siento a escribir para ustedes en esta columna renace una frase de mi época universitaria -sí, aunque no lo crean, fui a la universidad- que pronunció un profesor y decía: “El peor enemigo de un escritor es una hoja en blanco”. En ese momento asimilé que el argumento resultaba verdadero, pero una vez liberado del yugo estudiantil, cuadrado y casi dogmático de las instituciones públicas del país, me permití echar a andar la creatividad que sobrevivió al exterminio académico y me di cuenta de que en la medida de quien escribe tenga conocimiento de la ortografía, redacción, una idea clara de lo que desea transmitir y la intención que quiera darle al mensaje, las dificultades para plasmar conceptos en una hoja en blanco no eran ni el peor, ni el principal antagonista del escritor.

No me considero el tipo más lúcido ni poseedor de una sapiencia soberbia del idioma, aunque durante mi formación académica me inculcaron que el escribir correctamente y el manejo de buena ortografía dicen mucho de la personalidad. Ridículo o no -y por circunstancias laborales de antaño- les puedo decir que no se necesita conocer a una persona para trazar un mapa de su personalidad con base en su manera de expresarse. Primero de forma oral y si tiene la oportunidad de revisar sus escritos, se puede reafirmar. Pero bueno, no voy a divagar en esas ideas.

Como les decía, no soy el Cervantes del siglo XXI pero como todo en la vida, considero que deben existir reglas y normas que conduzcan a realizar lo correcto en un contexto definido y delimitado para garantizar el éxito. Así que escombrando mi baticueva me encontré con un viejo libro de etimologías grecolatinas. Navegando con la vista en un pequeño desierto de polvo que albergaban sus páginas, caí curiosamente en una parte en la que hablaba sobre la derivación. Ponía el ejemplo de gasolinera-que si buscan en el diccionario, la palabra es tomada como la correcta y no gasolinería- argumentando que el sufijo ería indica lugar: panadería, lechería, armería, frutería…por lo que, si el argumento ahí expuesto es válido, gasolinería sería correcto.

Como un tipo obsesionado que soy en estos temas, al igual que mi mentor en los medios (Hola Deevine), recurrí a él para debatir sobre esta problemática y después de una rica y entretenida charla, llegamos a la conclusión de que la Real Academia Española no servía de mucho porque sus normas son vulneradas por su propia flexibilidad. Ante la necedad y costumbre de una población por pronunciar la forma equivocada de manera común y rutinaria, la academia termina por pronunciarse porque ambas formas sean tomadas como correctas. Entonces ¿Para qué demonios dictar una norma si al final nadie va a respetarla?

En conclusión y para evitar las rabietas obsesivas, es bien sabido que las reglas las dictan las personas que hablan el idioma en tiempo y espacio específicos y esas figuras obscuras que no tienen rostro ni nombre, pero que se encargan de maquilar la estructura de un idioma, sólo adaptan nuevos términos dependiendo el contexto en el que se desarrollan.

Así que retomando la frase del primer párrafo de este escrito, el peor enemigo de un escritor no es la hoja en blanco sino la misma academia que redacta las reglas, pues se deben de estar revisando constantemente sus actualizaciones porque lo que hoy es incorrecto, el día de mañana ya no. Por lo que para blindar este texto ante el paso del tiempo, no me resta más que agradecerles  y espero que para aquellos que lo leen ahora les haya gustado. Y para quienes lo revisen en un futuro no muy lejano, les haiga encantado.

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