Promoboy
Cuerpo

En un día común de trabajo, donde los rostros pasan frente a mí como vehículos en pleno periférico apurados por llegar a sus destinos, los clientes desfilan por la tienda buscando equipos y mi única labor es la de acercarme a preguntar si los puedo ayudar a encontrar la computadora que cumpla con sus necesidades y, por supuesto, hago lo posible porque sea de la marca a la que represento. Al fin y al cabo, a mí me pagan por vender y un vendedor que no es capaz de desplazar su inventario de la sucursal que está a su cargo, no puede llamarse vendedor. Es algo así como las exigencias de un delantero en el fútbol, si no genera anotaciones va a la banca y, si la mala racha continúa, después tiene que emigrar de equipo. Así de simple mis estimados lectores, porque en este negocio la paciencia se consume como una varita de incienso. 

Ahí estaba él: un tipo regordete de semblante tranquilo, con un particular lunar en el rostro que parecía como si llevara adherida una mosca. Como típico inexperto que acude al mercado sin haber tenido la experiencia de prepararse de comer, observaba las computadores como si se tratara de aguacates: todos tienen cáscara negra pero no sabe diferenciar si estará listo para comerse hoy o para mañana. "Una víctima indefensa", pensé.

Con la debida educación le saludé estrechando su mano cordialmente y le consulté si podía ayudarle a elegir la correcta. Aceptó mi solicitud pronunciando con una potente voz el monosílabo "Sí". Mi experiencia me reveló enseguida que no se trataba de un tipo común y corriente e inició el bombardeo. Nos vimos envueltos en el bélico juego de "A preguntas concretas, respuestas concretas".  Una verdadera competencia de expertos de tiro con arco; me lanzaba la primera flecha y yo tenía que quitarla acertando en el centro de la diana.

Tan intenso como un interrogatorio para obtener un título académico, nuestro juego terminó. Convencido de mis argumentos, se dirigió a la caja y pagó por el modelo que le ofrecí. Un hueso duro de roer pero al final había conseguido capturar a mi presa con gran orgullo: qué mejor trofeo para un cazador que la cabeza de un oso Panda. 

El ritual de ventas debía culminar mostrándole al cliente mi agradecimiento así como ofrecerle mi apoyo post-venta para cualquier duda o problema que tuviera con la experiencia de uso del equipo. Tenía que abrir la caja de su computadora para enseñarle que su adquisición no se encontraba dañada y que todo lo que la caja decía que contenía fuera verdad. Él se negó, argumentando que tenía plena confianza en el contenido y entonces se le dibujó una ligera sonrisa, la cual vino acompañada por unas palabras. 

Me reveló su identidad, dijo que durante nuestra charla observó ciertas aptitudes en mí que, instintivamente, le parecieron agradables y me invitó a integrarme al equipo de colaboradores del Panda Show. Sin pensarlo acepté, di las gracias en mi trabajo y me despedí del mundo de la promotoría con una recompensa que superaba a todos los bonos de ventas posibles: la de conocer al Panda Zambrano.