Autor
David
Cuerpo

Una manada de hambrientos y feroces animales que buscaban desesperadamente devorar carne nos llevó a terminar la aventura en la esquina de División del Norte y Candelaria. Por recomendación de alguien de los que ahí desfilábamos, nos internamos en una de las tres sucursales que hay en la ciudad de la taquería Brasil Copacabana. Un lugar agradable y pacífico en el que pudimos ingresar y encontrar mesa con inmediatez y atendidos con prontitud, como diría el tío de mi amigo Deevine: “En un chasquido”.

El menú se componía de entradas, consomés, tacos, alambres, quesos, nopales y amplias opciones de bebidas, entre las que aparecían vasos de un litro de aguas frutales, mismas que podías mezclar a tu gusto. No perdí la oportunidad y de inmediato ordené agua de melón. Pero para calmar la batalla que se desataba dentro de mi estómago entre las tripas tuve que ordenar un taco de carne al pastor para tranquilizarlas y posteriormente; consomé de res y un alambre de bistec.

Debo de decirles que con sólo observar la lengua de res es suficiente como para hacerle el feo y ni siquiera tener la intención de colocarla en mi paladar, pero Deevine y otras de las fieras que la ordenaron en tacos quedaron encantados porque, me cuentan, es raro hallar lugares donde la preparen adecuadamente y le impriman consistencia jugosa a la carne. Mientras eso pasaba en sus paladares, en el mío la carne al pastor cumplía perfectamente su cometido y con una proporción generosa, suave y sin exceso de grasa eché a andar la maquinaria de molares y colmillos para despedazar el alambre de res que desde que lo sirvieron en el plato se miraba exquisito.

Ciento cincuenta y un morlacos de carne de buey combinada con pimiento morrón, cebolla y unido en todos los extremos por queso derretido me motivaron a hacerme numerosos tacos, para darme cuenta más tarde, de que tuve que pedir dos tortillas más de las que me habían dado en el cesto para lograr terminar con el contenido del plato y de paso, quedar satisfecho y sin ganas de agregar algo más al desfile de glotonería que me aventé.

Recuerdo vagamente que Deevine y yo nos lanzábamos insultos y amigables mentadas de madre pero el hambre y el sabor de lo que estábamos comiendo las borraron de nuestras mentes y después todo se tornó en un ambiente neutral de paz y armonía para tratar otros temas más interesantes, como por ejemplo: discutir por qué en provincia se alcanzaban a admirar las estrellas con claridad en el firmamento y más si te encontrabas en sitios desérticos, digo, porque eso aquí en el cielo de la capital no se alcanza a ver.

Dos horas después de haber llegado a la taquería, la manada se desintegró y cada quién partió con rumbos distintos pero con la satisfacción que te deja el haberte reunido con amistades que aprecias y valoras en demasía.

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