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Mosa
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Casi al entrar el nuevo siglo conocí a Don Heriberto Covarrubias oriundo del Estado de Jalisco, Promotor discográfico y gran amigo. Don Beto esporádicamente se daba sus vueltas a la capital, hombre recio, moreno con bigote y cabellera entrecana de acento muy  tapatío. Durante su estancia en estas tierras aztecas, se hospedaba en el Hotel Compostela por los rumbos de Sullivan, ¡si le atinó! Allí donde las caricias tienen precio y los hambrientos de amor carnal satisfacción; esos viejos hoteles por su excelente ubicación,  dan cabida a los trabajadores de la música y similares que llegaban a promover el  quehacer artístico de su tierra.

Don Beto recorría los grupos radiofónicos llevando consigo sus discos en un maletín maltrecho de cuero de vaca;  en algunos ni las puertas le abrían, en otros solo ilusiones le daban de “tocar” a sus artistas, sin embargo él nunca se desesperaba, venía armado con la espada de la paciencia que solo se abreva en la provincia mexicana.

En aquella ocasión sin previo aviso se presentó en las instalaciones de Radio Fórmula, privada de Horacio no. 10,  06:00 am. Un domingo lluvioso lo recuerdo perfectamente; al llegar me encontré a Don Beto y a cuatro  compatriotas Huicholes que ejecutaban sus instrumentos a todo lo que daban sus manos, apuré el paso para detener el recital  por la molestia que podría ocasionar a los vecinos judíos que habitan la zona, y no era otra cuestión, solo  el alto volumen que despedían sus instrumentos y en domingo ¡acabáramos!  

Don Beto me comentó en corto: Ya terminan, le están dando gracias a Dios por la lluvia, es una costumbre que tienen nuestros hermanos huicholes. Atiné a ofrecerle una disculpa y sugerirle que se retiraran del zaguán donde se  guarecían de la lluvia y llevaban a cabo su magno concierto;  sin querer habían   escogido  el domicilio  de un hombre muy agrio y gritón que no tardaría en salir a corrernos con escoba en mano, si bien nos iba.

Entramos a cabina, el programa dio comienzo se anunció la entrevista no programada. Sin embargo venir desde la sierra Huichola a la CDMX,  viajar toda la noche para nada hubiera sido una frustración del tamaño de la sierra norte de Jalisco. La entrevista inició,  nuestros hermanos wirárica que no huicholes  - los aztecas les impusieron éste nombre despectivo- en plena charla nos comentaron sus andanzas, costumbres, comida en fin su cultura. Todavía recuerdo la ruta que nos recomendó José López líder del grupo; visiten Santa Catarina, Chimaltitlán, Huejucar, Huejuquilla, Totatiche  poblaciones enclavadas en la sierra madre occidental del Estado de Jalisco.

José explicó el  origen  del grupo que aquella mañana lluviosa nos visitaba: en la comunidad wirárica gran parte del destino lo pronostica la jícara, una especie de oráculo materializado que predecía el futuro,  y él de ellos estaba encaminado a la música. Su nombre  Venado Azul,   él espíritu que guía al enfermo del cuerpo,  del alma y corazón; cuando el hombre mundano no encuentra su verdadera vida,  el venado azul se revela para llevarlo al mundo del más allá en forma limpia dejando atrás lo impuro del ser terrenal.

El Venado Azul los guió por primera vez a la ciudad; cantaron, compartieron sus artesanías; viajamos en pesero con todo y tololoche, comieron hamburguesas –qué ironía de la vida- y una de las coincidencias divinas fue:   con el afán de aprovechar el tiempo al máximo nos dimos a la tarea de buscar algún festival musical en la ciudad y  ¡encontramos un programa dominical en la delegación Benito Juárez¡  ese domingo lluvioso el venado azul condujo a los venados azules a cantar y ejecutar sus instrumentos en el Parque de los venados, división del norte y municipio libre;  un domingo dedicado a Dios.

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