Mosa
Cuerpo

Recién llegado a la ciudad de México  allá por el año de 1978,  mis ojos no abarcaban lo ancho y largo de la ciudad  ocurrían en mí,  emociones encontradas: miedo, tranquilidad;  curiosidad, indiferencia; caminar, detenerme; conocer, ignorar. Viví en la vecindad con  tendederos en el patio que me obligaban a caminar encorvado para librar lencerías maltrechas que golpeaban mi rostro y lo refrescaban con los escurrimientos de agua y  resabios de jabón romita.

De a poco me fui enamorando del entonces México, primero quite de mi vida la idea que moriría atropellado, la vieja consigna de mi madre. Empecé a caminar sus calle y avenidas: Reforma hasta el castillo de Chapultepec; insurgentes nunca la he caminado completa, ¡la primera si¡,  El eje central que todavía conservaba ese apelativo   espantoso  de “niño perdido”,  avenida que abordaba a la altura de la central camionera del norte, construcción que meses atrás me vio llegar con mi morral de mezclilla y un bulto de juguetes a la capital.

Sé que más de uno al leer el párrafo anterior, comenzó a tararear la canción:  “ya no vengan para acá/ el distrito federal no es, no es lugar para habitar/ (no hay que ser).   Otra de las avenidas de la CDMX,   que le guardo  cariños importantes es  a la calzada de Tlalpan; menciono cariño por los sentimientos que evocan en mi vida;  me devuelven imágenes de mi niñez, las sonoras  carcajadas con los amigos y sus travesuras; mi afán por enamorarme de esta tierra a golpe de calcetín; todo  esto se traduce en mi relación matrimonial con la ciudad de México, la que me da y quita; la que amo y creo  no ser correspondido.

El asunto es calzada de Tlalpan y nuestras “largas compañías” : las caminatas al estadio azteca; la parada obligada en “la luna”, tienda grande a donde los viajeros se hacían de  víveres para la excursión. Tlalpan la salida para Acapulco; la de las casa bonitas de  colonias pomadosas; avenida pintoresca con su tranvía anaranjado en el camellón; la  escultura de flechas apuntando al cielo a la altura del metro taxqueña; el camino a los campos del américa; Tlalpan,  el camino al tan querido trabajo; después Tlalpan fue el de las citas con la pasión, sin olvidar el baile del california doncing club; los encuentros inolvidables con el circo atayde, hasta mi accidente en Tlalpan :  Tlalpan ha sido  mi primera vez con la ciudad de México.

Un mes después,  al circular por Tlalpan hacía el centro de la ciudad  me encontré con la tristeza que rodea al multifamiliar, y en particular al edificio colapsado por el sismo; Detuve la marcha y acudí al muro improvisado en donde se recuerda a los fallecidos;  una oración y la mirada se me nubló e imaginé cuantas veces hube pasado frente al costado de éste edificio…y  el silencio interrumpido por el paso de los automóviles me devolvió a Tlalpan.

Reciban un abrazo, fuerza amigos tlalpenses.

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