David
Cuerpo

Nuestra aventura culinaria nos llevó a Slimlandia -Plaza Carso- para adentrarnos en el centro comercial y dirigirnos a la zona de establecimientos de comida rápida. Sorpresivamente ahora fue el buen Deevine quien se retrasó en la hora pactada, así que por un período cercano a los 20 minutos me senté en un cómodo sillón que se situaba casi frente a Sanborns. Dirigí inmediatamente la mirada más hacia el rincón por donde se da acceso a los trabajadores del corporativo porque ahí se encuentra la tienda Telmex y recordé cuando hace más de cinco años estuve recluido entre sus paredes y cristales esperando la llegada de unos chinos que venían de visita para supervisar las labores de venta de una las empresas de cómputo líderes en el mercado.

Al final jamás pasaron por esa tienda y me di la aburrida de mi vida preguntándome cómo es que subsistía y vivía de vender equipos de cómputo si parecía pueblo quieto. Así que uno de mis compañeros de competencia me dijo que ahí se vendían por lotes debido a que personal del corporativo bajaba ocasionalmente para adquirir de 20 computadoras en adelante y era así como se cubrían las metas de ventas impuestas por su agencia. Por lo que para pasar el rato y esperar a que la mosca cayera en la telaraña, tenía repleto de multimedia uno de sus equipos: música, películas y juegos.

Cuando el recuerdo se esfumó vi aparecer su obesa y deforme silueta caminando frente a mí buscándome. Me acerqué y me dijo que su Uber Pool lo llevó a dar muchas vueltas en el trayecto debido a la compañía que adquirió durante su travesía. Una vez que echó el choro, subimos dos pisos y me guió hacia “El Pescadito”: tacos de pescado y camarón con descripciones en el menú que prefiero omitir por la intrascendencia y ridiculez de las mismas. Esos de Sonora tan ocurrentes ¡ajua! (Sí, así sin acento igual que en el menú)

Deevine me recomendó el Ta-cotote y el Que-sotote. Sólo le hice caso en el primero porque adicional pedí los de camarón y campechano. Éstos últimos sin dejar nada especial en el paladar a pesar de bañarlos con salsas y ensaladas que tú mismo te despachas. Cuando llegué al Ta-cotote inmediatamente me di cuenta de que se trataba de la estrella del show –a reserva de probar el Que-sotote- porque inmediatamente un sabor distinto y envolvente (robusto y de broadcast diría un tío de Deevine) se materializaba en la boca. Ni siquiera se trataba de una combinación excéntrica, sólo chile relleno de Marlín con camarón. ¡Ajúa! -Con acento- dije para mis adentros mientras masticaba el producto envuelto en doble tortilla y bebía mi criticable agua embotellada.

De haber sabido hubiera pedido tres iguales, pues de esa manera, el sabor y el gusto pudieron prolongarse más tiempo. Como tan prolongada fue la plática póstuma a la comida que sostuvimos mi buen amigo y yo, para después despedirnos mientras vagamente dejamos en el aire el próximo sitio culinario a visitar.