David
Cuerpo

Como en muchas especies, la evolución ha estado presente a lo largo de su historia con cambios tangibles, tales como modificaciones de las estructuras y rasgos físicos. Todos en relación con la adaptación al ambiente en el que se desenvuelven para preservar su especie por tiempo indefinido, negándose a desaparecer.

El ser humano no está exento de dicha situación, pues estudios y testigos óseos que datan de miles de años colocan a nuestros ancestros en vitrinas para mirarnos en el espejo del tiempo cuando todavía nuestros cerebros eran incapaces de maquilar la inteligencia de la que presumimos en nuestra época. Cuando la fuerza física era la que se imponía para obtener alimentos cazando en manadas y cuando todavía nos paseábamos por el mundo encorvados como simios, según los estudiosos del tema.

Ahora que nuestra bestialidad, condición irracional y aspecto primitivo se ha transformado en producir seres erguidos, autosustentables y capaces de explicar casi todos los fenómenos que se manifiestan a nuestro alrededor, comenzamos a experimentar una nueva era en la que –creo yo– ya se deben estar gestando cambios importantes en el cuerpo humano para las generaciones venideras. Puede que sea una fantasía y ocurrencia sin validez de mi mente distraída, pero que exponerla no me condena en nada si me aventuro a dejarla por aquí.

A partir de la necesidad que fuimos generando de la inmediatez de la información y acortar distancias para ganar tiempo en hacer girar este mundo de intereses económicos, nos condenamos a la coerción tecnológica que nos ató invisiblemente con un cordón umbilical en forma de cable USB a los dispositivos móviles: luciérnagas multimedia que esclavizaron nuestros ojos, manos, oídos y voluntad a placer de otros que decidieron bombardearnos con contenido fugaz y adictivo al que llamaron “viral”.

Y ahora todos estamos enfermos, contagiados por ese virus que muy pronto se manifestará en la modificación ósea de las muñecas y palmas de nuestras manos, debido a la adopción y casi integración del celular como parte de nuestro cuerpo. Dedos más largos y delgados con yemas más gruesas o refinadas para oprimir con precisión el borde de las letras en los teclados virtuales y lograr la depuración futura del molesto autocorrector.

Auguro que la columna vertebral en la parte superior se alterará para regresar cierto encorvamiento con la finalidad de dirigir la mirada hacia el dispositivo, brindándole una inclinación adecuada a nuestra cabeza para dicho fin ¿Por qué? Levante la cabeza, mire a su alrededor y notará que todos mantienen el teléfono a la altura del pecho, obligándolos a dejar caer la barbilla para tener la vista perfecta a la pantalla y que muchos de ellos mantienen esa postura por lapsos prolongados de tiempo.

Hablando de la vista, alguna modificación deberá sufrir, pues pasar horas y horas mirando nuestro “idiotizador” con pantallas IPS o AMOLED algún efecto a largo plazo le tendrá que generar. Aunque no sé si ustedes y yo estemos vivitos y coleando para poder presenciar el nacimiento de las nuevas aberraciones de seres humanos con modificaciones genéticas biotecnológicas en su cuerpo.

Y pensar que esperar casi tres lustros para escuchar una nueva canción de A Perfect Circle me inspiró a escribirles un capítulo más de esta columna en la que se pueden mezclar la música, la tecnología y algo más; es decir: Todo y nada.

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