El rolas
Cuerpo

"Western stars", el esperado primer disco de estudio de Bruce Springsteenen cinco años, pone muchas millas de tierra de por medio tanto con el activista comprometido, como con el músico de dinámicas grandilocuentes, en pos de un ejercicio de estilo más pequeño, bonito, casi una postal desde el lejano oeste.

Tras los continuos retrasos en su publicación, era uno de los lanzamientos discográficos más esperados de los últimos años y viene a coronar una carrera de más de cuatro décadas que arrancó con "Greetings from Asbury Park" (1973) y que ha hecho merecedor a Springsteen de 20 Grammys, un Oscar y un Premio Tony, entre otros muchos reconocimientos.

Inspirado "en los discos pop del sur de California de finales de los 60 y principios de los 70", según él mismo comentó, su último trabajo constituye no tanto un punto y aparte en su trayectoria como un punto de fuga incidental a paisajes y ambientes de esa América ajena al paso del tiempo y, probablemente también, a los vaivenes de la política, Donald Trump mediante.

"Luchamos por nada, luchamos hasta que no quedó nada, he tirado de esa nada mucho tiempo, ahora tiro de mi carné de conducir y paso los días manejando esta grúa", parece excusarse en uno de los cortes, "Tucson train", ante el fuerte componente evasivo del álbum.

Superados los pasajes más taciturnos, en los que Springsteen se cuelga la guitarra y agrava la voz con poso "country", el tono general es, sin embargo, optimista desde la inicial "Hitch hiking", en la que ya aparecen violines y campanillas que llenan de oxígeno un tema que crece desde la sencillez, mientras él canta: "Soy un canto rodado que simplemente rueda".

Ese tipo de melodías luminosas y desenfadadas predominan especialmente en el primer tramo, con cortes joviales incluso como "Sleepy Joe's Cafe", en el que se sumerge en noches etílicas en las que no existe la mañana del lunes, en busca de una confianza íntima y también colectiva que en algún momento parecían perdidas.