Autor
David
Cuerpo

Mientras las vacaciones siguen, aprovecho el tiempo para poder darme unos gustitos. Así que ayer, mientras mi América de toda la vida luchaba por su pase a la final de la liguilla, yo me dirigía hacia el Plaza Condesa para presenciar el show de una agrupación que terminó por convertirse en una de mis favoritas a partir del 2001 a la fecha. De Gales para todo el mundo: Stereophonics.

Salí de mi madriguera bien abrigado cerca del final del primer tiempo del encuentro entre las águilas y los felinos del norte, siendo el cero el marcador que reinaba en ambos marcos a pesar de dos acercamientos claros de los locales que de milagro no se incrustaron en el arco de Marchesín.

Cuando ya me encontraba cerca del recinto ubicado sobre Juan Escutia, me detuve a mirar al interior de una taquería las pantallas para llevarme una carga de desánimo al observar que mi Ame estaba siendo desplumado por tres zarpazos en la recta final del partido y que la humillación y el fracaso se habían concretado un semestre más. Así que seguí mi camino y me enfoqué a llenarme de energía presenciando el espectáculo de Kelly Jones y su pandilla.

Ya instalado en mi lugar dentro del Plaza Condesa y en medio de la melodía de silbidos exigiendo que el grupo ocupara sus lugares después de 13 minutos de retraso, por fin dio inicio el concierto con la promoción de su nuevo material interpretando “Caught By The Wind”. A partir de ahí el diálogo de Kelly con el público fue casi nulo y la lluvia de canciones fue una tras otra, tomando un ritmo vertiginoso pero mostrando la misma energía, potencia en la voz y destreza al tocar la guitarra y el piano por parte del hombre de 43 años que contagió a todos sus seguidores de inmediato.

Una ruleta musical que pasó por todos sus discos y extrajo un playlist afortunado, aunque me hubiera encantado la inclusión de “Devil” y “We Share The Same Sun” para tener una noche redonda en lo personal. Eso sí, no pensé que el álbum Graffiti On The Train dejara marcado para muchos otro himno de la banda que, ante los gritos incesantes de la gente que aclamaban su interpretación, los galeses los complacieron con "Indian Summer" –una balada nada fuera de lo común para mi gusto- que se fundió en una sola voz llena de júbilo por los presentes.

Pero el momento en el que todos se pusieron de pié y brincaron como chapulines asados en el comal fue con la canción que ponía el cerrojo a la velada: “Dakota”. El hit que logró que los voltearan a ver en el 2005 con un magnífico disco que difícilmente podrán igualar, aunque sirvió para matizar el sonido de sus trabajos posteriores. Euforia, vasos de cerveza volando de un lado a otro y aplausos al por mayor fue el resultado de su ejecución por parte de los fans.

En resumen, de esas pocas bandas británicas de finales de los 90 que conservan un sonido fresco, inteligente y refinado para sobrevivir en un mundo que ha relegado al rock a espacios reducidos que se niegan a la extinción, pero que habemos algunos cuantos que alcanzamos a apreciarlos. Y somos esos mismos los que esperaremos con gusto su regreso, pues parafraseándolos, afirmaron que México es uno de los países que más han disfrutado y que volverán. De ser así, procuraré inducir a mi amiguita -a la que llamaremos “ovejita metalera” para guardar su anonimato- a que no se quede con las ganas de verlos nuevamente y pueda presumirles a todos la manera de cómo gritan, brincan y cantan los del rumbo de Santa Martha Acatitla.

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