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Mosa
Cuerpo

Chulada de maíz prieto, señoras y señores con ustedes el carnalito  Celso Piña;  hombre sencillo, con las manos impregnadas de trabajo, él  que todavía va a las tortillas con su servilleta bordada y hace taco con sal  allá en la brava colonia Independencia de Monterrey N.L. El mismo que viste y calza que le  cantó a Don Gabriel García Márquez, la madre de todas las cumbias: la cumbia sampuesana.  Aracataca y Monterrey unidos por el acordeón.

Celso de conversación rica en ingredientes amorosos por su terre y convida a  su gente lo que con ella prendió la canción que alivia las penas del empobrecido de espíritu y fe. Me contó que el ya fue grande a los E.U  siendo que para unos Monterrey no es el norte de México, es el sur de los E.U. Nuestro Celso con la frente y el bigote  en alto argumentó:  yo tenía que ir al gabacho como artista, no quería que se me mojara mi acordeón y así fue, el entró por vez primera a la tierra de los dólares como artista.

Platicó que su familia le batalló para hacerse de un terrenito y un buen día les llegó la noticia que ese sueño había llegado y se enrolaron en la aventura de convertirse en paracaidistas de unos lotes que estaban seleccionados para su ocupación allá por la medianía  de la colonia  independencia, terruño amado del rebelde que un día soñó cantarle al pueblo desde lo alto del cerro de la campana.

Todo empezó cuando ya establecidos en aquella morada que debían cuidar como rosal de temporada; la primera casita bordada con bloques y láminas que daría cobijo a éste hombre que la música lo llamaba. Cual escuela de música, como dijo Gerardo Reyes las letras no entran cuando se tiene hambre   Celso tendría que trabajar y meterle la espalda al quehacer del hombre para llevar alimento al bendito hogar.

La música lo aguardaba y pos nomás no se aguitaba y el oficio de sonidero lo matrimonió con el género tropical, le puso en las manos discos y en la garganta la sed para abrevar cumbia y refrescar la vida de la palomilla que buscaba entre los espacios de ocio, danzar y buscarle un ritmo y razón a la dura existencia  de vivir en lo duro de la ciudad de las montañas.

Cuando convertido en sonidero,  Celso Piña arrancaba a treparse al cerro de la campana, cargaba su equipo,  lo conectaba hasta ver las veredas de gente que caminaban la pendiente rumbo a la tocada; que  gusto por llevarle a la raza sabor para su meneo, así se lo pagaban.

Hasta que llegó el primer acordeón, de esto él no sabía nada y menos el de botones, que cuesta una refregada; aquí es donde la pasión-vocación-necedad-fe-disciplina y la choya de Celso Piña se amasaron para ayudarse y llevar al ejecutante a que le sacara al instrumento las notas armoniosas y medidas de la cumbia sampuesana.

Celso Piña tu música sabe a barrio,  a platica con los amigos de la esquina después de la jornada. Le subo el volumen y adorno los sábados con las ventanas abiertas de la humilde morada. Lo que no olvidaré es tu plática tan relajada.   

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