Autor
David
Cuerpo

Personas que me conocen saben perfectamente que soy un tipo que raya en los límites de ser considerado un ermitaño. Siento fastidio constante al tener que asistir a lugares demasiado concurridos y suelo salir a la calle únicamente por cuestiones de necesidades que no puedo omitir. Ya de reuniones ni hablamos porque ante invitaciones poco agradables e interesantes soy el primero en rechazarlas. Suelo aceptar sólo con gente que estimo y conozco perfectamente y ayer fue unos de esos esporádicos episodios.

Producto de una promesa que le hice a mi buen amigo y mentor (a quien llamaremos “Deevine”)si es que se daba un suceso poco probable -comparable con el paso del cometa Halley- iríamos a comer a un restaurante que le regresa sus raíces y que cada que se metía la cuchara a la boca el sabor le recordaba al terruño que lo vio crecer en su provincia querida rodeado de vacas, cerdos, gallinas, caballos y tierra bañada en estiércol.

En una tarde dominical en la que se puede transitar con toda tranquilidad por la ciudad e incluso tomar el transporte público para desplazarse rápidamente con la satisfacción de encontrar un lugar y no temer que descender entre empujones y rostros de enojo, fue que llegué hasta las inmediaciones del metro San Cosme y caminé por la calle Cedro hasta encontrar su intersección con Eligio Ancona. A lo lejos pude divisar su deforme silueta bajo el sol, la cual mostraba su piel enrojecida por asolearse de más a la espera de mi llegada -misma que me reclamaría inmediatamente- pero su molestia terminaría diluyéndose una vez que ingresamos al establecimiento.

Se llama “El Nuevo Tepatitlán”, un pequeño sabor traído directamente de Jalisco para enamorar los paladares de quienes no hemos pisado esos lares calurosos de mujeres hermosas. Podríamos considerar el restaurante como un oasis en el desierto citadino donde en cuestiones culinarias nos quedamos rezagados debido al ritmo de vida que aquí se vive, con tormentas de premura y cactus en forma de restaurante de comida rápida y mal sazón.

Una vez que encontramos mesa ordenamos carne asada, pues Deevine me recomendó el establecimiento y me aseguró que quedaría satisfecho al probar la suavidad de la carne que a la primera dentada soltaba jugo. No mentía, enrollada en tortilla hecha a mano y de enorme tamaño desde la primera mordida las papilas gustativas mandaban estímulos al cerebro para reconocer que lo que el sistema digestivo comenzaba a engullirse era verdaderamente una delicia. El sabor se incrementaba considerablemente con los frijoles de olla, cebollas de cambray asadas y un buen baño de salsa verde que la acompañaban.

La decoración de la casa (porque es una casa de dos pisos) fue el testigo de cómo devoramos el platillo con gran satisfacción y en nuestro afán por prolongar el festival de sabor en nuestras bocas ordenamos algo más que aparecía en el menú: él una quesadilla y yo una orden de tacos de chorizo.

No hubo postre pero endulzamos el momento con una plática amena que sirviera como digestivo para reposar lo que devoramos. Posteriormente decidimos retirarnos y cada quien regresar a casa por el camino por el que llegó, eso sí, con la promesa de volver próximamente.

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